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jueves, 28 de abril de 2016

Un refugio y un nuevo comienzo de la mano de Dios.


Cuando Wacho me contactó para emprender un proyecto en Canoa, no pude negarme.

Me encontraba descansando en mi casa después de estar todo el día gestionando víveres, botellas recicladas para llenarlas con agua para aseo cuando se sintió otro movimiento telúrico que me hizo dudar si volver o no a canoa después de mi última visita, pero ya le había confirmado mi asistencia a Wacho y no podía retractarme, mi gato ¨Merlín Dante¨  se comportaba extraño por primera vez en toda su gatuna vida puesto que él es de esos pocos gatos que no son desastrosos sino al contrario siempre es reservado tan tranquilo que apenas se nota su presencia pero esa noche en particular antes de irme a dormir empezó a morder mis piernas y a emitir sonidos como si intentara avisarme algo, lo  cual me hizo volver a dudar sobre si ir o no pero al final medité y me dije lo que tenga que suceder que suceda.

El es Merlín Dante.

Fui al encuentro de Esaú en la ciudad de Milagro; dos camiones iban con las provisiones, pero esta vez el proyecto era levantar un albergue para los damnificados. 


Conocí a Luis en el viaje a Canoa, el objetivo era levantar el albergue para varias familias que estaban asentadas en las carreteras de las afueras de Canoa, se habían quedado sin hogar y este grupo de jóvenes cristianos organizados de la mano de Dios querían dar su aporte para mejorar en algo la situación de las personas que habían caído en desgracia por el pasado terremoto. Llegamos en la tarde porque habíamos pasado antes por distintos lugares buscando un sector realmente afectado y emprender el proyecto  pero después de dar vueltas por las montañas decidimos volver a Canoa y en un área que se habilitó, aproximadamente una hectárea bajamos las carpas, la cocina, el congelador y todos los víveres que se habían recolectado y empezamos a armar el albergue Maricela e Iván junto a sus hijos fueron los primeros en quedarse en el refugio cristiano para las familias afectadas y de a poco se fueron sumando las familias.





 La tarea no era difícil, los tres voluntarios que nos quedamos los primeros días estábamos conscientes de que no había baños, ni luz en las noches, que debíamos cocinar , servir, organizar a las personas, cuidar de los niños que se quedaban en el albergue además  de que debíamos bajar al pueblo a repartir la ropa que habían donado entre otras labores del día a día y buscábamos la manera de hacerlo lo más divertido para todos entre chistes y conversaciones las personas que visitaban el albergue ya sea para almorzar o las que se mudaban con nosotros empezaban a sonreír y era allí cuando se sentía la presencia de Dios o al menos yo podía evidenciarlo así.



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